No te dejes engañar me dice una voz
extraña. Y se desdobla, en varias
inflexiones. A veces es un trino dulce en la boca de un niño que reconozco,
pájaro y ser primal de albedrío.
Como hacerle caso a esa voz blanca si su mirada etérea no conoce
los cuervos de los días que ya viví.
Solo cuando calla se desmorona su cristal
imperio, quien sabe que duende lo distrae con su juego, y ya
callado me deja huérfano.
Cuando escucho el sermón en la montaña, es
otra voz, de fuerza hercúlea retumba de trueno, y no hay camino que se le niegue a a recorrerlo.
Y el mundo es un pañuelo que se abre, sin esfinges ni velos, y los guardianes son
mascotas caseras que se olvidaron de aullar.
La tierra en cambio, con voz de cuenco,
color terruño, de praderas verdes me abraza de tiempo
circular, quédate aquí, niño, hombre, héroe de tu propio silencio, que las
gorgonas canten en su infierno.
Tu arma es tu copla, y tu almita noble,
tabaquito soplado, curador de olvido, sagrado misterio. la apacheta
espera tu piedrita, y tu canto el rìo.
Así me habla la tierra, con su don materno,
y yo le ofrendo mi cuerpo, mi roca existencial.
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